Por Eva Varona
La mano de aquella anciana mujer que se posaba casi sin vida sobre la cama; aquella mano vetusta y artrítica, buscaba a tientas y con su últimas fuerzas tocar por última vez la mano de Abdul; su Munshi, su amigo, su confidente y muy posiblemente el hijo que siempre deseo tener.
De las palabras de aquel alto y bien parecido Indio de piel morena; salieron para la reina Victoria I de Inglaterra, como un consuelo ante el temor del último paso pero también para despedirse para siempre:
“No temas pequeña gota de agua, déjate caer al inmenso océano”






